Todos decían que en la casa de la tía Carmen asustaban. Y a diferencia de los espantos de la casa del tío Andrés, éstos eran básicamente voz: estabas solo en la casa y una soprano portentosa dejaba emitir su arte al primer jicarazo de agua que te acomodabas para bañarte en la pileta; el tenor cantaba al primer parpadeo pesado que indicaba que estabas por dormir y el dueto se escuchaba justo detrás de la puerta si estabas en el momento en que el intestino urgía de necesidades.Nadie los vio, a nadie azotaron, pero aquellos que escucharon sus voces no toleran siquiera las melodías de las canciones viejas.
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