
Cuando Cristo sube a la cruz, todos permanecen en silencio. El rayo de mediodía en Tepecoacuilco cala más que nunca en la primera luna de primavera.
No pretendo hacer historia ni descubrir las viejas minas de azogue de Tepecoacuilco. Lo mío es sólo víscera: el recuerdo de las canciones de mi viejo, la lluvia del verano que empapaba los adobes y sacudía las tejas, la voz quebrada de mi abuelo que repetía el golpe de la lejana voz de su padre... Ya no hay oro y mucho menos cristal, pero puedo intentar, Tepecoacuilco, volver a empedrar tus calles: esta vez de movimiento, antes de que el sismo termine por derribar tu parroquia.
Todos decían que en la casa de la tía Carmen asustaban. Y a diferencia de los espantos de la casa del tío Andrés, éstos eran básicamente voz: estabas solo en la casa y una soprano portentosa dejaba emitir su arte al primer jicarazo de agua que te acomodabas para bañarte en la pileta; el tenor cantaba al primer parpadeo pesado que indicaba que estabas por dormir y el dueto se escuchaba justo detrás de la puerta si estabas en el momento en que el intestino urgía de necesidades.
La parroquia de Tepecoacuilco es quizá el edificio que más he observado. He encontrado las fechas que definen los momentos de su construcción y los nombres asociados a ella desde el siglo XVIII. He trepado a su campanario desde hace 20 años y he subido al coro para encontrar, detrás del polvo, huellas de su historia.
Hernando de Estrada fue uno de los primeros que dio noticia de Tepecoacuilco y, sin duda, fue el cronista de Tepecoa más ameno del que tengo noticia. Vivió durante el siglo XVI.